De repente empiezas a correr. El cuerpo te lo pide, no sabes por qué, pero tampoco te lo planteas. Corres. Seguramente la gente mira, pero cuando empiezas ya no hay gente, ya no hay miradas, ni reglas, solo obstáculos. Los más simples y monstruosos, todos eso que estas acostumbrado a ver e ignoras porque tienes cosas mejores que atender. Tu problema ya no es abstracto, es físico, redúcelo a lo que es y véncelo. Sigue corriendo y salta, sigue corriendo, tienes que coger más velocidad. Si no le pones empeño acabarás besando el suelo, pero eso no te va a echar atrás ¿no? Cae un millón de veces y levántate cada vez más fuerte. Sigue corriendo. Más grande, dale toda tu rabia. Ahora pesas mas, el aire duele en tus pulmones, pero cada nuevo inconveniente te da más fuerza. ¿Empiezas a estar cansado? Lo bueno está por llegar, así que enfoca el objetivo, libérate del peso que te ata al suelo. ¿Te das cuenta? Te lo estabas haciendo difícil, y ahora es todo perfectamente obvio, simple aunque no sencillo… liberador. Seguro que te gustaría poder solucionarlo todo así. Hazlo. Pero ya reflexionarás, ahora tienes muchos metros que saltar, muchos golpes que esquivar, así que sigue corriendo, y salta, golpea, esquiva. Construye con el movimiento palabras que no se saben decir. Ahora la mente y el cuerpo se estrechan la mano; han hecho las paces, así que fluye tranquilo, coge más carrera, salta con toda violencia, grita antes de caer al vacío, extiende las alas.
Y vuela.
