
Un buen día, la confiada liebre retó a la pesada tortuga a una prueba de velocidad. La tortuga aceptó y la liebre tuvo su competición.
La liebre era tan veloz que, de sobrada que iba, se paraba de cuando en cuando a descansar por el camino, y en su último descanso antes de llegar al final, se quedó dormida. Al despertar, vio cómo la lenta tortuga cruzaba victoriosa la meta. Apesadumbrada exclamó: “He perdido”. Lo que no entendía la liebre era la tirsteza de la tortuga, pues ella había ganado.
Moraleja:
Corras lo que corras… estás más solo que la luna, leré leré