Pasaron los días, las semanas y los meses y poco a poco ambos se fueron complementando hasta tal punto de parecer las caras opuestas de una moneda; La noche y el día, tan distintos pero tan necesarios el uno para el otro. Mientras tanto Sístole siguió trabajando en sus cosas; aprovechaba hasta la última gota la fuerza que Calíope le entregaba. Escribió, escribió, dibujó, luchó y sobretodo creó. Creó un mundo propio, al igual que los dioses hicieron en su día al principio del tiempo, donde todo era tan retorcidamente inverosímil que resultaba hasta bonito.
En el insondable cielo azul flotaban varios bancos de peces y distintas criaturas marinas. Entre ellos y sobre la superficie de un lago de aguas cristalinas flotaba también un enorme palacio de marfil precioso. Más allá se extendían infinitas superficies de bosque y selva, con animales imposibles viviendo en ellas; grandes llanuras y escarpadas montañas. Y en el horizonte una pequeña mancha brillante, un sol perenne que siempre se mantenía en el ocaso, proporcionando a ese horizonte un color anaranjado que se fundía con el azul del cielo estrellado y coronado por tres lunas.
Sinceramente era un mundo maravilloso. Aun sin haberlo terminado del todo, Sístole entregó a Calíope aquel primitivo mundo. Y ambos fueron felices en él; ya no necesitaban verse ni tocarse físicamente para estar juntos. Ahora tan solo debían liberarse de su cuerpo material y volar hacia ese nuevo mundo. Allí eran dueños y soberanos. Allí eran dos y eran uno.
Pero no duró mucho todo eso. Los dioses jamás iban a consentir que un humano como ese, que no había hecho ninguna gesta heroica ni había reunido méritos suficientes como para ganarse la admiración de las divinidades, enamorara a una musa. Así que, de un día para otro, aquel maravilloso mundo, ese enlace que unía a Sístole y Calíope, que los hacía pertenecer al todo y a la nada, fue destruido. Y llegó la lluvia…
Durante días, el joven poeta se mantuvo en aquel mundo desolado, sentado sobre una roca de lo que antaño fue su palacio de marfil que había quedado flotando sobre el lago. La lluvia caía sobre sus espaldas y calaba hondo en sus huesos, pero no le importaba. Esperó; esperó una respuesta que jamás llegó. Ni vinieron los dioses, ni vino Calíope, ni vino nadie. Estaba claro de quien había sido la culpa de todo aquello: suya.
Así pues, tras la séptima noche volvió al mundo real. Era verano, hacía calor y sentía un agudo pinchazo en la parte izquierda del pecho. Se miró al espejo, estaba completamente manchado de tinta. Pero no era una tinta negra como aquella con la que escribía, tan siquiera azul. Era una tinta roja, espesa y densa; una tinta que cada palabra que escribía dolía.
Cuando se hubo repuesto un poco miró su paleta, pero estaba vacía. La lluvia se había llevado consigo todos los colores. Sacó su libreta, pero las hojas se habían deshecho. ¿Qué le quedaba pues? Desesperó. El mundo real era un sitio muy cruel y él había logrado olvidar esas cosas. Pero ahora parecía como si centenares de pequeñas criaturitas se colaran en su interior y, removiéndole el alma de arriba abajo, intentaran sacar a la luz todo aquel dolor que había logrado mitigar.
Sístole no lo iba a consentir, no podía consentirlo. Así que, una tibia noche de un mes de julio cualquiera la luna vio morir a Sístole para volverle a ver nacer esa misma noche. Fueron unos segundos, pero al muchacho le parecieron una eternidad. Nadie, tan siquiera el mismo, saben que pasó por su cabeza ni que es lo que le llevó a actuar de ese modo. Pero el daño ya estaba hecho.
Sístole era otro. No solo físicamente, con su despreocupada barba y un cuerpo más rudo que el anterior. Sístole supo aceptar que estaba solo y aprendió a creer que las musas son tan fugaces como un parpadeo. Intentó aprender a temerlas, a odiarlas, a hacer cualquier cosa que las alejara de ellas, pero era imposible. Por cada rincón donde dejaba caer su tosco cuerpo encontraba a una. Azalea, Kálare, Náyade… todas ellas tan preciosas como Calíope lo era. Todas ellas fugaces. Y ninguna de ellas dispuesta a mancharse de tinta.
Pese a todo, lo nombrado y lo que tal vez quede sin nombrar, Sístole agradece poder contar estas historias, aunque sea de forma más o menos exquisita, y sabe apreciar los pocos segundos en los que una de estas musas, tan estimulantes y a la vez tan destructivas, se acuerda del pequeño poeta que lleva dentro.
Y hasta aquí llega la historia de Sístole y Calíope. Hoy en día ya no caminan juntos por la calle, ni disfrutan de grandes conversaciones. Aun así, Sístole, que me contó todo esto, se acuerda mucho de Calíope y de vez en cuando siente la necesidad de comunicarse con ella, para verla, hablar, tomar un café o simplemente disfrutar de su presencia.
Creo que me ha quedeado un poco floja, sobretodo al final. Pero creo que Calíope estará contenta o, al menos, complacida =D. Un saludifero, amiguitos del humor. Espero que los reyes os traigan muchas cosas… yo les he pedido una musa para mi solo… O=