Maldigo el día en que viniste a mí.
Os maldigo a todas, musas,
estafadoras mujeres
que prometíais amor
y trajisteis desamparo.
Maldigo la literatura en el jardín.
Me robaste sílabas que no usas,
hiciste males de mis bienes,
me privaste de tu calor
y apagaste la luz de tu faro.
Os maldigo mil y una veces,
musas que ya no me recordáis,
que me abandonasteis a mi suerte.
Pues el poeta deja de ser poeta
si carece de mujer, tinta y libreta.
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7segundos de placer
Pasaron los días, las semanas y los meses y poco a poco ambos se fueron complementando hasta tal punto de parecer las caras opuestas de una moneda; La noche y el día, tan distintos pero tan necesarios el uno para el otro. Mientras tanto Sístole siguió trabajando en sus cosas; aprovechaba hasta la última gota la fuerza que Calíope le entregaba. Escribió, escribió, dibujó, luchó y sobretodo creó. Creó un mundo propio, al igual que los dioses hicieron en su día al principio del tiempo, donde todo era tan retorcidamente inverosímil que resultaba hasta bonito.
En el insondable cielo azul flotaban varios bancos de peces y distintas criaturas marinas. Entre ellos y sobre la superficie de un lago de aguas cristalinas flotaba también un enorme palacio de marfil precioso. Más allá se extendían infinitas superficies de bosque y selva, con animales imposibles viviendo en ellas; grandes llanuras y escarpadas montañas. Y en el horizonte una pequeña mancha brillante, un sol perenne que siempre se mantenía en el ocaso, proporcionando a ese horizonte un color anaranjado que se fundía con el azul del cielo estrellado y coronado por tres lunas.
Sinceramente era un mundo maravilloso. Aun sin haberlo terminado del todo, Sístole entregó a Calíope aquel primitivo mundo. Y ambos fueron felices en él; ya no necesitaban verse ni tocarse físicamente para estar juntos. Ahora tan solo debían liberarse de su cuerpo material y volar hacia ese nuevo mundo. Allí eran dueños y soberanos. Allí eran dos y eran uno.
Pero no duró mucho todo eso. Los dioses jamás iban a consentir que un humano como ese, que no había hecho ninguna gesta heroica ni había reunido méritos suficientes como para ganarse la admiración de las divinidades, enamorara a una musa. Así que, de un día para otro, aquel maravilloso mundo, ese enlace que unía a Sístole y Calíope, que los hacía pertenecer al todo y a la nada, fue destruido. Y llegó la lluvia…
Durante días, el joven poeta se mantuvo en aquel mundo desolado, sentado sobre una roca de lo que antaño fue su palacio de marfil que había quedado flotando sobre el lago. La lluvia caía sobre sus espaldas y calaba hondo en sus huesos, pero no le importaba. Esperó; esperó una respuesta que jamás llegó. Ni vinieron los dioses, ni vino Calíope, ni vino nadie. Estaba claro de quien había sido la culpa de todo aquello: suya.
Así pues, tras la séptima noche volvió al mundo real. Era verano, hacía calor y sentía un agudo pinchazo en la parte izquierda del pecho. Se miró al espejo, estaba completamente manchado de tinta. Pero no era una tinta negra como aquella con la que escribía, tan siquiera azul. Era una tinta roja, espesa y densa; una tinta que cada palabra que escribía dolía.
Cuando se hubo repuesto un poco miró su paleta, pero estaba vacía. La lluvia se había llevado consigo todos los colores. Sacó su libreta, pero las hojas se habían deshecho. ¿Qué le quedaba pues? Desesperó. El mundo real era un sitio muy cruel y él había logrado olvidar esas cosas. Pero ahora parecía como si centenares de pequeñas criaturitas se colaran en su interior y, removiéndole el alma de arriba abajo, intentaran sacar a la luz todo aquel dolor que había logrado mitigar.
Sístole no lo iba a consentir, no podía consentirlo. Así que, una tibia noche de un mes de julio cualquiera la luna vio morir a Sístole para volverle a ver nacer esa misma noche. Fueron unos segundos, pero al muchacho le parecieron una eternidad. Nadie, tan siquiera el mismo, saben que pasó por su cabeza ni que es lo que le llevó a actuar de ese modo. Pero el daño ya estaba hecho.
Sístole era otro. No solo físicamente, con su despreocupada barba y un cuerpo más rudo que el anterior. Sístole supo aceptar que estaba solo y aprendió a creer que las musas son tan fugaces como un parpadeo. Intentó aprender a temerlas, a odiarlas, a hacer cualquier cosa que las alejara de ellas, pero era imposible. Por cada rincón donde dejaba caer su tosco cuerpo encontraba a una. Azalea, Kálare, Náyade… todas ellas tan preciosas como Calíope lo era. Todas ellas fugaces. Y ninguna de ellas dispuesta a mancharse de tinta.
Pese a todo, lo nombrado y lo que tal vez quede sin nombrar, Sístole agradece poder contar estas historias, aunque sea de forma más o menos exquisita, y sabe apreciar los pocos segundos en los que una de estas musas, tan estimulantes y a la vez tan destructivas, se acuerda del pequeño poeta que lleva dentro.
Y hasta aquí llega la historia de Sístole y Calíope. Hoy en día ya no caminan juntos por la calle, ni disfrutan de grandes conversaciones. Aun así, Sístole, que me contó todo esto, se acuerda mucho de Calíope y de vez en cuando siente la necesidad de comunicarse con ella, para verla, hablar, tomar un café o simplemente disfrutar de su presencia.
Creo que me ha quedeado un poco floja, sobretodo al final. Pero creo que Calíope estará contenta o, al menos, complacida =D. Un saludifero, amiguitos del humor. Espero que los reyes os traigan muchas cosas… yo les he pedido una musa para mi solo… O=
Habían pasado ya unos años, que se dice pronto, y Sístole aun seguía con sus cosas. Había abandonado las riendas de su vida y las había colgado en el perchero de detrás de la puerta, bajo la ropa que usaba para ir a trabajar. Ya nada importaba lo suficiente; los chicos buscaban chicas y las chicas ya no buscaban poetas.
Son muchas las personas que conocen de la historia de Calíope y Sístole, pero tan solo dos conocían como empezó todo realmente. Corrían tiempos de ensueño; Sístole aun se estaba haciendo a sí mismo y moría varias veces a la semana para liberarse de ese algo que le dolía tanto por dentro y llevaba arrastrando desde hacía demasiado tiempo. El dolor puntual libera endorfinas y las endorfinas producen felicidad. Pero dura tan poco la felicidad…
Por aquel entonces Sístole desconocía demasiado sobre el mundo, se dejaba llevar de un lado a otro probando las mieles de lo que el mundo le ofrecía. Lo único que conocía el muchacho era la pelea y el dolor. Le encantaba pelear y entrenaba cada día para hacerse más fuerte. Lo del dolor, es una historia a parte… Pero un buen día todo terminó. Como cuando el jarrón resbala de tus manos y cae al suelo, la vida de Sístole, cansada de tanto y de tan poco, se rompió para que así el muchacho pudiera reconstruirla. Dejó a un lado todo lo aprendido y todo lo vivido y tan solo buscó aquello placentero. Se convirtió en un chico práctico.
Aunque realmente el cambio llegó aquel día que pudo visitar el Olimpo. Allí todo era ideal, todo ocurría como sus habitantes querían. Los dioses vivían casi ajenos al mundo humano y procuraban su vida a la poesía, la pintura, la música y la escultura. Quedó tan maravillado el muchacho que decidió hacer algo.
Comenzó su aventura por un mundo de letras y de líneas que se combinaban las unas con las otras formando lo que a él le parecían bonitos dibujos. Se dio cuenta de que todo aquello era lo suyo, si bien no, no era un gran artista pero por sus venas corría más tinta que sangre. Además, aquello le liberaba tanto o más que la pelea.
Y creó pequeñas cosas, como un dios al que le acaban de regalar los poderes y prueba qué es capaz de hacer. Nada importante.
Un soleado día de mayo, mientras Sístole paseaba por el mundo, ajeno a la vida, sorteando las miles de piedras que había por el camino y peleando contra su yo interior, se la encontró. Fue un encuentro fugaz, tan rápido como un parpadeo, pero suficiente. Allí, entre el gris del mundo encontró el azul de la tranquilidad.
Ese mismo día empezó a inventar su propia realidad, su propio mundo. Pidió permiso a los dioses, que vieron en él la vanidad del artista que se cree el mejor y el toque de desesperación del kamikaze que está a punto de estrellarse contra su objetivo. Agradecido preguntó también qué era aquello tan azul que había visto antes, aquello que había estremecido su interior y a la vez había llenado su corazón de ganas de bombear tinta constantemente. Fue aquel el día que Sístole supo de las musas.
Las musas eran como pequeñas diosas, preciosas todas, pero de poderes reducidos. Vivían entre los hombres y eran capaces de infundir fuerza suficiente para crear las cosas más bellas; eran las portadoras de la inspiración.
Sístole, recientemente autoproclamado poeta austero y artista de estar por casa, supo enseguida que debía conocer a aquella musa. A la mañana siguiente, no sé si un día soleado o medio nublado, entre sonetos y tachones y con las manos y la cara manchadas de tinta, el muchacho fue a conocerla. Ver para creer. De entre todas aquellas existencias ignorantes que tan solo buscaban satisfacer su apetito sexual, Sístole fue un elegido. Calíope, que ahora no recuerdo si así es como el muchacho la llamó o como la musa se llamaba realmente, eligió a Sístole de entre todos. Erguió al artista ante el músculo.
Desde entonces Sístole se sentía invencible. Calíope mitigaba su dolor hasta el punto de hacerlo inexistente. Calíope le llenaba de fuerzas y hacía que escribir fuera mucho más sencillo. Calíope parecía la única que podía entender a Sístole.
Me permito el lujo de ser el primero en publicar en este 2009. Espero que este año nos sea más prolifico que el pasado, hermano. Un abrazo para ti y para los que se dejan caer de vez en cuando por estos lugares.
¿Vuelves a estar por aquí?, Cuéntame, ¿qué ha sido esta vez?
Sístole entornó sus ojos hacia el gato con la mirada vacía. Era todo lo que sabía decir en aquellos instantes. No se encontraba agotado, tampoco derrotado moralmente, pero dentro tenía un malestar que no le dejaba pegar ojo por la noche ni pensar con lucidez durante el día. Tal vez, para cualquier otro, eso no hubiese supuesto ningún problema. Para Sístole era un mundo.
Por suerte su gato lo conocía demasiado bien. Por algo era su maestro en la vida. Se acarició sus largos bigotes y rellenó su larga pipa de fumar. El muchacho, por su parte, sacó el tabaco y también empezó a fumar. Ambos estaban en silencio, apenas se miraban el uno al otro, pero se lo estaban contando todo.
Las mujeres traían por el camino de la amargura a Sístole. Y es que este mundo tan voraz, tan lleno de cambios y tan moderno, parecía no tener lugar para un tipo tan pasado de moda como Sístole. Los poetas ya no interesan. Están bien, hacen gracia al principio pero poco más. Las mujeres ya no buscan poesía ni palabras bonitas, digan lo que digan. Náyade estaba tardando ya en perder el interés por Sístole. Eso él lo sabía, era cuestión de tiempo que la ninfa se aburriera de su poca elocuencia.
Y ahora el poeta se había vuelto a quedar sin musa. ¿Te suena la historia?
El gato y el joven, el maestro y el alumno siguieron fumando a la sombra de un gran árbol. Atardecía ya aquel día de noviembre y empezaba a refrescar. Sístole sacó su libreta. Siempre iba con ella, eran inseparables. La abrió para leer todos los cuentos, los dibujos y las poesías que había escrito a Kálare, Calíope, Azalea y Náyade. Volvía a ser un poeta despechado de su musa, un cualquiera.
Inhaló hondo la última calada y exhaló lentamente el humo. Había llegado a la última página escrita. ¿Había llegado al momento de pasar de hoja?
Sístole se levantó y con un gesto se despidió del gato. Sacó un carboncillo de su bolsa y en el mismo aire dibujó una puerta. En segundos se materializó, la abrió y se fue a casa.
Supongo que esas son las ventajas de vivir en un mundo que tú mismo has inventado…
delirios de un resfriado
Agárrate, que vienen curvas. Miro a mi reflejo con cara de indiferencia y me devuelve la misma mirada. Lo envidio, profundamente. Llevará la misma vida que yo, pero lo envidio.
Hablamos durante un largo rato. Alguien me enseñó una vez que por muy solo que crea sentirme, en realidad no es así. Siempre me quedará mi sombra y el reflejo que me devuelve el espejo. La mayoría de las personas ignora a su reflejo. Se cruza con él en espejos y escaparates e intercambia una fugaz mirada. Jamás se molestan en preguntarle qué tal está o cómo cree que acabará el partido del domingo. La mayoría de las personas son gente ignorante y superflua.
De todos modos, yo aprendí a hablar con él. Y es un gilipollas. Le encanta sacar siempre el tema que, tal vez, menos me guste: mujeres. Con su sonrisa de cabrón acabado me pregunta que como lo llevo, que quiénes son las dueñas de mis sueños y pensamientos. Intento evadir el tema, pero siempre acabo hablando de su sonrisa. ¿Supongo que sabías que la lengua es el músculo más fuerte del cuerpo humano, no? Yo no suelo hablar mucho, así que en mi caso no creo que sea sí. Creo que mi corazón ganaría sobradamente un pulso contra mi lengua. Mi reflejo sabe por qué. Se lo expliqué, y por una vez sentí su envidia. Dice el muy gamberro que cuando me lo propongo puedo ser bastante elocuente, y aquel día me lo propuse. Se la describí. Y sabía que se la iba a imaginar tal y como yo la recordaba, conocía tanto a mi propio reflejo que incluso sabía que adivinaría detalles sin necesidad de que yo se los contara. Pero cuando describí su fragancia se hizo el silencio. Supongo que esas son las consecuencias de vivir al otro lado del espejo.
Tal vez mañana me despierte y siga pensando en ella, es inevitable. Y seguramente pasado mañana ocurra lo mismo. Me siento intruso, ladrón. Un tipo que entra sin hacer ruido, un explorador extranjero que quedó fascinado por la belleza de las nuevas tierras por descubrir.
Seguramente mil palabras sean pocas. Seguramente mil palabras sean difíciles de escribir, sobretodo sin que la musa se acuerde de mí. Ya la he vuelto a ver, pero a ella parece ser que no le intereso. Seguramente mil palabras conquisten tu corazón. Quién sabe.
Y cae la noche, entre pañuelos usados, un ordenador portátil que poco a poco ciega mi vista, el humo de un cigarro, Jack y una lámpara de lava. Las mujeres son difíciles. Los poetas, más.
Yo
Yo lo conocía bien. Yo hablé con él largas horas, le arranqué las palabras de esa lengua tan afilada que tenía y conocía todos sus secretos, todas sus rayadas y movidas. No hablaba con nadie, pero yo le hice hablar. Yo lo vi crecer, como pasó de ser aquel niño solitario a creerse un poeta desaliñado. Yo sabía su verdadero nombre. Yo peleé contra él, conocía todas sus patadas y jamás me ganó. Tampoco yo lo tumbé nunca. Yo conocí al gato que le enseñaba a vivir y fui su primer alumno. Me enamoré de las mismas mujeres, me violaron las mimas musas y sufrí sus mismos desengaños. Yo fui su odio, su envidia amarga, sus pulmones hinchados de humo. Yo viví con él toda la felicidad. Le ayudé a escribir su amor y rechacé toda esperanza. Yo fui su terapia, su droga gratuita. Yo fui su vida malgastada. Yo fui su corazón roto, sus sueños hechos trizas. Yo fui la sensación de sentirse estúpido. Yo. Yo fui su esencia, su ego puro; yo fui él.
Soy estúpido. Soy poeta
Hoy no ha sido un gran día, la verdad. De hecho creo que ni mañana, tan siquiera pasado mañana, lo será. Y es que los que de niños dejamos a un lado a la pelota y empezamos jugando a ser poetas tenemos estas cosas.
Podría pasarme noches enteras soñando despierto una historia para terminar viviendo un sueño con los ojos cerrados. Podría, con un poco más de esfuerzo del que me costaba en ocasiones anteriores, derrochar litros y litros de tinta, escribiendo e incluso dibujando sobre esa princesita de caramelo. Porque, ¿sabes? Los cuentos de princesas, me los invento yo por las noches. Y créeme, jamás desearías que terminaran. Pero una vez los pruebas, te das cuenta de que no todo es tan bonito. Es inevitable soñar, verla y pese a morirte de vergüenza ser capaz de rozar su mano como por accidente y ver devuelto el gesto. Acariciar una vez, con miedo; una vez más, un abrazo y dos miradas que no se atreven a cruzarse. Dos miradas que se gustan, que se saben, pero que aun no se quieren encontrar. Vergonzosas, siguen los abrazos, las caricias. Tres minutos más tarde ya estábamos besándonos. Precioso. Hasta que te despiertas, con el pelo revuelto y la boca todavía húmeda. Maldigo durante unos segundos a la nada y empiezo un día vacío, un día en el que todo importa más bien poco. Deambulo de un lado a otro, con la mirada perdida y recreando una y otra vez el recuerdo, cada vez más vago, del la historia vivida. Y solo pienso en poder verla. La busco en uno y otro lado, con disimulo. Busco esa sonrisa, su pelo, ese olor que aun no sé a lo que sabe…
Soy estúpido. ¿Queriendo ya a alguien que tan siquiera conoces?
Puede ser, soy poeta.
Días de verano I
Y miraba a su alrededor, extrañado. En medio de todas aquellas personas, siempre en compañía de alguien, no dejaba de sentirse solo. El calor del café y su regusto amargo no acababan de cuajar bien en él y menos en aquellos días de bochorno veraniego. Después de tanto tiempo era normal que la cafeína no surgiese el mismo efecto que antes.
Caminaba como medio dormido, agotado tal vez de lo poco que había transcurrido de su vida. Sobre el suelo firme, sus pasos se confundían con el andar torpe de un equilibrista novel que practica sobre la cuerda floja. Eran tiempos difíciles sin duda, para todos, pero sobre todo para él. Se debatía en un intento siempre frustrado de encontrar a alguien realmente especial dispuesta a sostener el peso de los problemas, dudas y preocupaciones que la vida le planteaba. Pero era inútil; cuánto más buscaba menos encontraba.
Mustio y entornando los ojos sobre aquella realidad teñida de gris cada día se levantaba recordando lo que había estado pensando la noche anterior. El insomnio, en cierto modo, había vuelto a reunirse con él, y malgastaban largas horas de tertulia nocturna debatiendo sobre cualquier tema. Luego, por la mañana, se levantaba, se quedaba sentado en la cama y rascaba su casi inhabitada cabeza. Un nuevo día empezaba y ciertamente la única cosa que le incitaba a levantarse de la cama era la idea de que horas más tarde volvería a ese pequeño santuario de sábanas de rayas rojas, naranjas y amarillas.
Plantó sus pies en el suelo y, ayudándose con sus brazos, se levantó de la cama. Con andar patizambo y el único atavío que unos calzoncillos sorteó un par de camisetas y pantalones que había tiradas en el suelo de la habitación, salió de ésta y, bajando unas escaleritas de caracol, continuó su camino hacia el cuarto de baño. Cuando entró, como de costumbre, levantó la tapa del váter y, a oscuras, empezó a mear. Mientras tanto se miraba en el espejo, asqueándose de ver esa barriga que cada día era más grande. Terminó, tiró de la cadena, se lavó las manos y luego la cara y continuó su ruta hacia la cocina. Se preparó un café, le puso un par de hielos y salió hacia un pequeño balcón contiguo al salón del piso. Echó hacia un lado parte de las colillas, trocitos de papel, migas y demás suciedad que había en la mesa acumulada de noches anteriores y dejó el vaso con el café. Retiró un poco la silla hacia atrás y tomó asiento para pasar allí el resto de la mañana.
Así era la vida de Gin desde hacía una buena temporada. Gin era un chico de dieciocho años, de ojos marrones siempre atentos a cualquier quehacer que llamara su atención, de pelo castaño prácticamente rapado y una perilla que le perfilaba toda la cara. Medía algo más de un metro ochenta y, desde hacía unos meses, su barriga parecía querer empezar descolgarse. A Gin, pero, no le preocupaba mucho, la verdad, tenía otras cosas mucho más importantes en las que pensar. La gente decía que era un tipo muy inteligente, con una gran capacidad de análisis y muy observador, aunque solía hacerse el tonto y olvidarse de sus preocupaciones.
Los pocos años que Gin llevaba en este mundo, aunque no habían sido un camino tortuoso y siniestro, si que le habían parecido bastante duros. Jamás había gozado de la compañía o el soporte de otras personas, y en cuanto a amigos, podía contarlos con los dedos. Tal vez por eso Gin era un tipo bastante autónomo que no necesitaba a casi nadie para subsistir en este planeta. A parte, tenía un carácter bastante fuerte lo que le llevaba a discutir continuamente con sus padres, sobre todo con su madre. Sin duda alguna, el carácter lo había heredado de ella.
Nota del autor: Siento haber estado desaparecido y tal, pero las circunstancias no me han dado ni tiempo ni ideas para escribir. Este culebrón que me estoy escribiendo ahora lo empecé hace unos dias a partir de unas lineas que tenía hechas de hace ya unos meses asi que si el principio desentona un poco es porque la intención de escribir, si más no, era distinta. Y nada, a ver cuanto me dura la racha. Un saludo amigüitos del humor!
m a f i a s e r i e s ‘08
- ¿Sabes usarla?
- Claro que sé
- Bien, solo quería asegurarme
- ¿Y qué quieres que haga con ella?
- Asegurate de que ninguno de esos hijos de puta vuelve a joderme la vida…
- ¿Y si me piden explicaciones?
- Primero los matas. Luego se lo explicas…
- Entendido
- ¿Necesitas algo más?
- ¿Llevas algo encima?
- Sí, toma esto
- Esta mierda parece buena, hermano
- Desde luego. Cuando termines, dúchate y pásate por el club. Te pagaré
- Descuida
- Maneggi con cura, fratello
- Figurati
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04/06/2008 – 04:37 a.m – Especial Informativo
La policía ha encontrado hace apenas una hora el cuerpo sin vida de cinco personas, todas ellas varones de entre 19 y 37 años. Las víctimas murieron a causa de las heridas causadas por balas de calibre 9mm. Parece ser que la causa del incidente fue un ajuste de cuentas. La policía sigue investigando los hechos.
Notas: Si alguien que se pase por aquí y controla el italiano y se horrorice al ver las 5 palabras que he puesto, o bien por no tener concordancia alguna o por lo que sea, que me disculpe, que lo he intentado hacer tan buenamente como he podido. Y luego, ya sé que lo escrito es una flipada, pero lo que me mola es el dibujaco. (el de la barbota soy yo xD). Y para acabar, siento ausentarme tanto tanto, pero es que estoy de finales y bueno, cuando no lo estaba no tenia tiempo ni para menearmela. Espero que cuando acabe ya la cosa (y que acabe lo mejor posible), la fuente se vuelva a abrir y pueda darle caña, junto al Ori, a esto que en su dia decidimos montar. El verano, por lo que me consta, siempre trae buenas mierdas.
Sin más, un saludo a todos.
Voces
Pché, el gordo se dejó caer por aquí trayendo su mala mierda a este rincón lleno de polvo. Siento haber tardado tanto hermano, pero ya sabes, la salida de Álex me ha trastocado xD. En fin nos vemos y espero que os guste y que esto sea un nuevo buen comienzo.
Silencio. Miles de voces que retumban al unísono en un sordo lamento dentro de mi cabeza. Son fantasmas del pasado que se aparecen, borrosos, tenues, como el humo de un cigarro que se consume lentamente. El tiempo da la razón y apremia a los que saben aguardar la llegada de la musa, a los que saben ver más allá de todas esas visiones. Ser fuerte no es una condición que se pueda o no elegir; ser fuerte es un requisito que muchos, seguramente, cumplan, pero que pocos demuestran.
Susurros. Cadenas que sostengo en mis manos y me arrastran en direcciones opuestas, como si tratasen de retener cuatro vientos que soplan hacia puntos cardinales opuestos. Soy el único que cede, al único que le importo, al único que le importa lo que ocurra. Porque por mucho que yo trate de reconstruir lo dañado, aun sigo siendo un tipo que parece no conocer nada de la vida, que cree que aun puede hacer algo por alguien, que los castillos de arena que construyen son capaces de resistir mil y una olas.
Murmullos. Sonidos irreconocibles, débiles, mezclados entre sí, pero capaces de ser diferenciados, como una enorme y grotesca bandada de pájaros que suavemente se desliza en el aire pero que jamás colisionan. Cierro los ojos, pero siguen en mi cabeza. La musa intenta hablarme pero yo no quiero oírla. La muy asquerosa no ha querido saber nada de mí, desapareció. ¿Por qué? Se lo entregué todo, lo di todo, mi alma, mi cuerpo; dejé que me poseyera y me abandonó a mi suerte. Me quedé vacío, solo. Mi pilar, mi fundamento esencial se desmoronó; y con él mis cuatro soportes se iniciaban en un vaivén incesante que solo dios sabe cómo terminará.
Gritos. Lamentos, llantos, gargantas que sangran aullando victoriosas. La noche cae sin mayor motivo, como siempre, entre el ocaso y el alba me encantaría ser un gato, despreocuparme de la vida, de mí, de ti, de vosotros y de ellos. Vivir en tu tejado y sentir todos tus gritos, tus murmullos, tus susurros y tus silencios. Y mirar al cielo sabiendo que mañana será otro día, en el que, al igual que hoy, me despertaré con las manos manchadas de tinta.
Por la musa y por mi, grito, hablo, susurro, pero sobretodo callo.
paaz!
