Maldigo el día en que viniste a mí.
Os maldigo a todas, musas,
estafadoras mujeres
que prometíais amor
y trajisteis desamparo.
Maldigo la literatura en el jardín.
Me robaste sílabas que no usas,
hiciste males de mis bienes,
me privaste de tu calor
y apagaste la luz de tu faro.
Os maldigo mil y una veces,
musas que ya no me recordáis,
que me abandonasteis a mi suerte.
Pues el poeta deja de ser poeta
si carece de mujer, tinta y libreta.
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7segundos de placer
Vamos a jugar a un juego.
Explícolo: un Cadáver exquisito es una técnica mediante la cual un grupo de personas ensamblan un conjunto de palabras, imágenes o ideas, sin ninguna finalidad. Es posible que muchos hayáis hecho alguna vez uno sin saber lo que era, o algo parecido, pues no es nada raro que en muchos foros de internet se vean temas del tipo ‘historia de 5 palabras’, en las que un usuario continúa con cinco palabras la frase que el usuario anterior ha posteado, para así componer una historia, muchas veces absurda, entre un gran número de personas. Pues algo así. En resumen, vamos a crear un texto puramente surrealista entre todos, y lo vamos a concebir como un juego y nada más, siguiendo estas pequeñas pautas:
- Vamos a jugar leyendo únicamente la colaboración del jugador anterior. El texto al completo va a estar posteado aquí en todo momento, de manera que podréis verlo cuando queráis (aunque preferiblemente, no lo leáis hasta que hayáis decidido que no vais a colaborar más). Cuando vayáis a añadir vuestra parte solo debéis serviros de la última parte añadida para escribir.
- Para colaborar, deja un comentario aquí. No es necesario que posteéis anónimamente porque me iré encargando de que no se vea de quién es, pero así al final podemos ver quién escribió qué, pero podéis colaborar anónimamente.
- Las colaboraciones no deben sobrepasar dos líneas, metedle lo que os salga del. pero que no pase de ahí.
No pongo límite de tiempo pero lo cerraré en unas semanas para que veamos qué ha quedado y si se ha creado un verdadero cadáver exquisito.
Y como soy consciente de que el blog lo lee quien lo lee os pido, primero, que colaboréis, y segundo que corráis la voz entre algunos allegados. Me da igual quién colabore, pero en principio me gustaría que fuese gente conocida, o conocidos de gente que conozco.
A jugá.
Y poco a poco el alcohol empezaba a hacer efecto. Durante aquellos días el alcohol era la única vía de escape práctica que albert encontraba para evadirse de aquella vida que le rodeaba. La yerba o el hachís eran más efectivos pero le eran más problemáticas que la bebida.
Eran cerca de las dos y media de la madrugada de un jueves lluvioso de enero, otro día más marcado en negro en los calendarios que transcurría igual que había pasado el miércoles e igual que lo iba a hacer el viernes. Allí, en aquel bar, un antro de mala muerte con las paredes tintadas por el humo de los cigarros que durante el paso de los años se habían consumido por decenas de clientes que no tenían nada mejor que hacer ni ningún sitio mejor a dónde ir, albert terminaba otra jornada. Ni toda la lluvia del mundo, ni todo el frío, ni tan siquiera todas las mujeres hermosas del mundo podrían sacarlo de allí. Hacía tiempo que había dejado de creer en el amor y todas esas fantochadas que se les explica a los jóvenes. Ahora se pasaba sus horas nocturnas, alejado de los números y las formulas, aislado del resto del mundo, en aquel tugurio; su bar.
Con el tiempo había hecho de él un lugar propio, una especie de santuario donde recluirse y ahogar sus penas en un pozo de alcohol y humo.
- Ponme otra, por favor – dijo albert intentando no balbucear.
- ¿No crees que va siendo hora de ir dejándolo ya por hoy?
- Vamos tío, enróllate. No te voy a dar problemas…
- Está bien, pero es la última ya, eh – contestó el tabernero, cambiando los hielos de su vaso y rellenándolo de nuevo.
El tabernero era un hombre bastante alto y grande. Tenía un poco de barriga y los brazos el doble de anchos que los de albert. Sus oscuros ojos inspiraban respeto a cualquiera y aun parecer una persona arisca en el fondo era muy afable. Él era, sin duda, una de las personas que mejor conocía a albert, y de hecho podrían ser padre e hijo.
- Oye, ¿tienes un cigarro?
- ¿Desde cuándo fumas tú? – respondió el tabernero cruzando sus enormes brazos en frente de su pecho.
- Es una larga historia – intentó justificarse – Vamos, ¿tienes un cigarro?
- Te he preguntado qué desde cuándo fumas… – repitió
- Bah, déjalo – y albert volvió a mirar hacia el vaso donde sus hielos se derretían lentamente
Entretanto las bisagras de la puerta de aquel bar rechinaban igual que lo hacían siempre, indicando que alguien se aventuraba a entrar en aquel antro. Desde la penumbra, el joven y el hombre observaban como una silueta insinuante se acercaba con andares que desprendían descaro y un aroma embriagador. Se fue acercando hasta que la luz del único foco que restaba abierto iluminó su rostro desvelando la identidad de una joven. Echó un vistazo rápido y moviendo con delicadeza los labios dijo:
- ¿Puedo tomarme una última copa?
- Sí, claro – dijo el tabernero – ¿Qué te pongo?
- Lo que quieras, pero con limón – dijo la chica sacando un paquete de tabaco de su bolso – ¿Queréis?
- Sí, gracias – contestó albert
Era una situación extraña. Últimamente el único cliente de aquel bar era albert, y hacía días que nadie más venía, mucho menos una chica. Era razonable que las chicas evitaran aquellos tugurios, sucios, oscuros, con olor a humo y, normalmente, llenos de borrachos. Y eso le molestaba bastante. Se encendió el cigarro y continuó en silencio; los tres continuaron en silencio.
La miraba de reojo primeramente con cierto desprecio. Era una chica joven, de la edad de albert más o menos, con una larga melena castaña tirando a morena y los ojos de un color marrón claro como la miel. Tenía una cara guapa y un culito mono, pero no le resultaba más interesante que el contenido del vaso que sostenía.
Y en unos minutos el cigarro se consumió. Aquella situación tan absurda le estaba sacando de quicio.
- Ponme la última, que me voy a casa – pronunció con la voz cada vez más cansada – y cóbrame todo
El tabernero le sirvió la última y albert se la bebió de un solo trago. Dejó el vaso con un gesto brusco sobre la mesa, golpeando, y exhaló una bocanada abrasadora de satisfacción. La chica se lo miraba, agradecida, pero no decía nada.
- Hasta mañana – se despidió alzando torpemente el brazo sin mirar atrás e hizo rechinar las bisagras para acabar finalmente en el exterior.
En la calle hacía frío. Una pequeña brisa se había levantado dejando atrás la llovizna que había estado cayendo durante toda la noche. Las baldosas del suelo estaban mojadas y la carretera estaba llena de charcos. Caminaba lentamente, con andar firme pese a todas las copas que se había tomado durante la noche. En el cielo las estrellas brillaban con claridad sin estar tapadas por las nubes como en noches anteriores. Tres calles y una esquina más allá alcanzó su destino. Buscó en sus bolsillos las llaves y tras hurgar un poco las encontró.
Intentaba introducir la llave en la cerradura pero la mano le temblaba y le era imposible. Volvió a intentarlo y esta vez pudo; extrañado miró su mano y verificó lo que pensaba que había sido una mala pasada de su imaginación. Alguien le había cogido la mano y le había ayudado a introducir la llave en la cerradura.
- ¿Así mejor? – dijo una voz conocida a sus espaldas
- Sí, supongo – contestó albert mientras se giraba y comprobaba que, efectivamente, se trataba de la chica del bar – ¿Puedo ayudarte?
- Bésame – sentenció ella
Un profundo silencio reinó aquel portal. Tan solo se sentía la respiración acelerada de ambos jóvenes.
- Me parece que te equivocas…
- Bésame y calla – volvió a entonar la joven con una voz que a albert cada vez se le hacía más difícil de resistirse.
Se sentía atrapado, como si ella lo estuviese apuntando con una pistola, pero en realidad se moría de ganas de besarla. Quiso correr, volver a casa, al bar, ir lejos de allí, cualquier cosa. Un sudor frío empezó a recorrerle la nuca y bajó como un cuchillo afilado por su columna.
Y sin previo aviso le plantó un beso. Largo, intenso y húmedo. Se separaron, se miraron mientras respiraban entrecortadamente y volvieron a besarse.
Hicieron el amor durante algo más de una hora; gemía de placer como si fuese su primera vez. Media hora más tarde, tres condones flotaban sobre el agua del váter. Había sido una buena noche, sí señor. Los cristales estaban cubiertos de una tupida capa de vaho, las sábanas revueltas sobre la cama y en el suelo, como espectadora de lujo, nuestra ropa tirada. Sí, desde luego había sido una buena noche.
Albert espiró hondo y la miró nuevamente. Estaba ahí, desnuda, tumbada en la cama durmiendo despreocupadamente. Estaba a sus espaldas, tan cerca pero a la vez tan lejos. Había sido, sin duda, una buena noche, pero a él se le había quedado un regusto amargo. Allí, en aquella habitación desordenada y oscura, entre números, fórmulas, cuadros y poesías de principiante, nació algo para morir aquella misma noche. Ella, una desconocida entre tantas, había llegado a la vida de albert y sin esfuerzo alguno había escalado para aposentarse en el trono. Se convirtió en su princesa por una noche y él en su zapatito de cristal.
Tal como llegó se fue.
- Esa jodida cara guapa… podría haber limpiado el espejo de carmín al menos… – se dijo albert mientras inspiraba nuevamente los restos del perfume que aun flotaban en el ambiente.
Aquella misma noche, como de costumbre, volvió a bajar al bar. Pero no entró; no porque no quisiera sino porque estaba cerrado. Se quedó allí de pie, frente a la puerta y encendió un cigarro.
- Parece que es hora de retomar las riendas de mi vida… – Inspiró hondo y tragó humo; luego lo soltó y prosiguió – Cuando termine los exámenes volveremos a vernos. Desde luego nena, volveremos a vernos…
Y la noche cayó a sus espaldas.
Hasta el cipote de todo >_<
Malísimo, pero es lo que hay
Mi historia de un amor
Aun recuerdo la primera vez. No sé bien bien como cuando fue, solo recuerdo que era de noche y que hacía frio. Salimos todos a cenar y al principio no le eché mucha cuenta. Pero ella me esperaba y yo, en cierto modo, quería estar con ella.
Y finalmente, unas horas más tarde, llegó el momento. Fuimos a la playa después de cenar. Yo la miraba pero ella no estaba para mi; no de momento.
Era fría, con dos hielos, y no le importaba con quien compartir su compañía. Pasaba por mano de todos, sin escrúpulos, y sonreía, como siempre. Pero tarde o temprano tenía que venir a mí, era cuestión de tiempo que cayera a mis brazos. Porque si bien no, estábamos destinados y la espera se me hizo amarga. Su piel era fino cristal pulido, tal vez sin la elegancia de una vajilla, pero con un toque de descaro que me encantaba.
Y, por fin, vino a mí. Con sus labios, igual de fríos que ella, me tentaba cada vez más a besarla. Era tentador y ocurrente pero faltaba magia. Con mis dedos la oprimía suavemente, como intentando que jamás volviera a escapar. Con mis dedos y sin pensarlo acerqué sus labios a los míos.
Entonces fue cuando se hizo la magia. Aquel primer beso llegó a mí presumiendo ser frío como el hielo y me engañó por completo.
Bebí de él como si fuese el último y mi garganta ardió. La miré y separé sus labios de los míos. Sonrió, burlona como de costumbre, y cuánto más la miraba más me gustaba. Y volví a besarla una y otra vez. Y bebí de ese beso, y del siguiente, y del otro. Bebí tanto que perdí el mundo de vista. Me dio su calor, su cariño y su vida. Y yo, muy ladrón, me lo llevé todo. Bebí hasta que quedó vacía; hasta que ya no tuvo más que darme y entonces me deshice de ella.
Cayó al suelo, fulminada. Y no volví a mirarla, pues ya no me acordaría más de ella. Y en aquella mi primera vez, yo, poeta austero, escribí mi propio título para mi propia historia de amor.
Enamorado de la botella.
Un poco más. Preparándole el terreno al maestro. ~alberttAyer; ahora. ¿Mañana?
A veces pensaba y cuando más te pensaba más te quería. A veces te quería y cuanto más cerca te tenía como que más te quería. Porque veía tus ojos, veía tu pelo y te sentía cerca. A veces pensaba y por pensar imaginaba que me querías. Y entonces todo era muy bonito, muy dulce y para nada era empalagoso. A veces me querías y por quererme pensaba que no. Vi que te alejabas, que estabas distante y perdí mi mirada. A veces amaba y por amar amé lo que era bello. A veces, y solo muy pocas veces, pensaba que no estaba loco.
Ahora pienso y solo por pensarlo sé que estoy loco. Y miro a mí alrededor y no veo nada; no te veo. Ahora lo que me pica es la barba, y no aquellas ganas de buscar tu olor. Ahora ya no me dibujo alas, ni me imagino volando; miro mi espalda y encuentro en ella dos alas formidables que me elevan del suelo y me evaden de los problemas, de ti y tu presencia. Y es que ahora mi realidad y la tuya pertenecen a mundos diferentes, porque ayer me abandonaste, o tal vez fui yo quién me fui y ahora eso ya no importa. Ahora ya no pienso; ahora ya no busco.
Ahora hago; Ahora soy. Ahora soy aquel que tú buscaste ayer, aquel que sigues buscando y que ya has encontrado.
¿Y ahora, qué?
Bueno, “estreno” ésto con algo bastante flojito. Escrito entre los “vaivenes” de un autobús… albertt!
Dos hielos
- …yeah.
- Se(¡eeee!)
- Ha quedado bien.
- ¡Yeah!
- ¿Un trago?, para celebrarlo.
- Whiskey, por supuesto.
- ¿On the rocks?
- On the rocks.