Agárrate, que vienen curvas. Miro a mi reflejo con cara de indiferencia y me devuelve la misma mirada. Lo envidio, profundamente. Llevará la misma vida que yo, pero lo envidio.
Hablamos durante un largo rato. Alguien me enseñó una vez que por muy solo que crea sentirme, en realidad no es así. Siempre me quedará mi sombra y el reflejo que me devuelve el espejo. La mayoría de las personas ignora a su reflejo. Se cruza con él en espejos y escaparates e intercambia una fugaz mirada. Jamás se molestan en preguntarle qué tal está o cómo cree que acabará el partido del domingo. La mayoría de las personas son gente ignorante y superflua.
De todos modos, yo aprendí a hablar con él. Y es un gilipollas. Le encanta sacar siempre el tema que, tal vez, menos me guste: mujeres. Con su sonrisa de cabrón acabado me pregunta que como lo llevo, que quiénes son las dueñas de mis sueños y pensamientos. Intento evadir el tema, pero siempre acabo hablando de su sonrisa. ¿Supongo que sabías que la lengua es el músculo más fuerte del cuerpo humano, no? Yo no suelo hablar mucho, así que en mi caso no creo que sea sí. Creo que mi corazón ganaría sobradamente un pulso contra mi lengua. Mi reflejo sabe por qué. Se lo expliqué, y por una vez sentí su envidia. Dice el muy gamberro que cuando me lo propongo puedo ser bastante elocuente, y aquel día me lo propuse. Se la describí. Y sabía que se la iba a imaginar tal y como yo la recordaba, conocía tanto a mi propio reflejo que incluso sabía que adivinaría detalles sin necesidad de que yo se los contara. Pero cuando describí su fragancia se hizo el silencio. Supongo que esas son las consecuencias de vivir al otro lado del espejo.
Tal vez mañana me despierte y siga pensando en ella, es inevitable. Y seguramente pasado mañana ocurra lo mismo. Me siento intruso, ladrón. Un tipo que entra sin hacer ruido, un explorador extranjero que quedó fascinado por la belleza de las nuevas tierras por descubrir.
Seguramente mil palabras sean pocas. Seguramente mil palabras sean difíciles de escribir, sobretodo sin que la musa se acuerde de mí. Ya la he vuelto a ver, pero a ella parece ser que no le intereso. Seguramente mil palabras conquisten tu corazón. Quién sabe.
Y cae la noche, entre pañuelos usados, un ordenador portátil que poco a poco ciega mi vista, el humo de un cigarro, Jack y una lámpara de lava. Las mujeres son difíciles. Los poetas, más.