15
Feb
09

7segundos de placer

Maldigo el día en que viniste a mí.
Os maldigo a todas, musas,
estafadoras mujeres
que prometíais amor
y trajisteis desamparo.
Maldigo la literatura en el jardín.
Me robaste sílabas que no usas,
hiciste males de mis bienes,
me privaste de tu calor
y apagaste la luz de tu faro.
Os maldigo mil y una veces,
musas que ya no me recordáis,
que me abandonasteis a mi suerte.
Pues el poeta deja de ser poeta
si carece de mujer, tinta y libreta.

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05
Ene
09

la historia de sístole y calíope (parte segunda)

Pasaron los días, las semanas y los meses y poco a poco ambos se fueron complementando hasta tal punto de parecer las caras opuestas de una moneda; La noche y el día, tan distintos pero tan necesarios el uno para el otro. Mientras tanto Sístole siguió trabajando en sus cosas; aprovechaba hasta la última gota la fuerza que Calíope le entregaba. Escribió, escribió, dibujó, luchó y sobretodo creó. Creó un mundo propio, al igual que los dioses hicieron en su día al principio del tiempo, donde todo era tan retorcidamente inverosímil que resultaba hasta bonito.

En el insondable cielo azul flotaban varios bancos de peces y distintas criaturas marinas. Entre ellos y sobre la superficie de un lago de aguas cristalinas flotaba también un enorme palacio de marfil precioso. Más allá se extendían infinitas superficies de bosque y selva, con animales imposibles viviendo en ellas; grandes llanuras y escarpadas montañas. Y en el horizonte una pequeña mancha brillante, un sol perenne que siempre se mantenía en el ocaso, proporcionando a ese horizonte un color anaranjado que se fundía con el azul del cielo estrellado y coronado por tres lunas.

Sinceramente era un mundo maravilloso. Aun sin haberlo terminado del todo, Sístole entregó a Calíope aquel primitivo mundo. Y ambos fueron felices en él; ya no necesitaban verse ni tocarse físicamente para estar juntos. Ahora tan solo debían liberarse de su cuerpo material y volar hacia ese nuevo mundo. Allí eran dueños y soberanos. Allí eran dos y eran uno.

Pero no duró mucho todo eso. Los dioses jamás iban a consentir que un humano como ese, que no había hecho ninguna gesta heroica ni había reunido méritos suficientes como para ganarse la admiración de las divinidades, enamorara a una musa. Así que, de un día para otro, aquel maravilloso mundo, ese enlace que unía a Sístole y Calíope, que los hacía pertenecer al todo y a la nada, fue destruido. Y llegó la lluvia…

Durante días, el joven poeta se mantuvo en aquel mundo desolado, sentado sobre una roca de lo que antaño fue su palacio de marfil que había quedado flotando sobre el lago. La lluvia caía sobre sus espaldas y calaba hondo en sus huesos, pero no le importaba. Esperó; esperó una respuesta que jamás llegó. Ni vinieron los dioses, ni vino Calíope, ni vino nadie. Estaba claro de quien había sido la culpa de todo aquello: suya.

Así pues, tras la séptima noche volvió al mundo real. Era verano, hacía calor y sentía un agudo pinchazo en la parte izquierda del pecho. Se miró al espejo, estaba completamente manchado de tinta. Pero no era una tinta negra como aquella con la que escribía, tan siquiera azul. Era una tinta roja, espesa y densa; una tinta que cada palabra que escribía dolía.

Cuando se hubo repuesto un poco miró su paleta, pero estaba vacía. La lluvia se había llevado consigo todos los colores. Sacó su libreta, pero las hojas se habían deshecho. ¿Qué le quedaba pues? Desesperó. El mundo real era un sitio muy cruel y él había logrado olvidar esas cosas. Pero ahora parecía como si centenares de pequeñas criaturitas se colaran en su interior y, removiéndole el alma de arriba abajo, intentaran sacar a la luz todo aquel dolor que había logrado mitigar.

Sístole no lo iba a consentir, no podía consentirlo. Así que, una tibia noche de un mes de julio cualquiera la luna vio morir a Sístole para volverle a ver nacer esa misma noche. Fueron unos segundos, pero al muchacho le parecieron una eternidad. Nadie, tan siquiera el mismo, saben que pasó por su cabeza ni que es lo que le llevó a actuar de ese modo. Pero el daño ya estaba hecho.

Sístole era otro. No solo físicamente, con su despreocupada barba y un cuerpo más rudo que el anterior. Sístole supo aceptar que estaba solo y aprendió a creer que las musas son tan fugaces como un parpadeo. Intentó aprender a temerlas, a odiarlas, a hacer cualquier cosa que las alejara de ellas, pero era imposible. Por cada rincón donde dejaba caer su tosco cuerpo encontraba a una. Azalea, Kálare, Náyade… todas ellas tan preciosas como Calíope lo era. Todas ellas fugaces. Y ninguna de ellas dispuesta a mancharse de tinta.

Pese a todo, lo nombrado y lo que tal vez quede sin nombrar, Sístole agradece poder contar estas historias, aunque sea de forma más o menos exquisita, y sabe apreciar los pocos segundos en los que una de estas musas, tan estimulantes y a la vez tan destructivas, se acuerda del pequeño poeta que lleva dentro.

Y hasta aquí llega la historia de Sístole y Calíope. Hoy en día ya no caminan juntos por la calle, ni disfrutan de grandes conversaciones. Aun así, Sístole, que me contó todo esto, se acuerda mucho de Calíope y de vez en cuando siente la necesidad de comunicarse con ella, para verla, hablar, tomar un café o simplemente disfrutar de su presencia.

Creo que me ha quedeado un poco floja, sobretodo al final. Pero creo que Calíope estará contenta o, al menos, complacida =D. Un saludifero, amiguitos del humor. Espero que los reyes os traigan muchas cosas… yo les he pedido una musa para mi solo… O=

02
Ene
09

La historia de Sístole y Calíope (Parte Primera)

Habían pasado ya unos años, que se dice pronto, y Sístole aun seguía con sus cosas. Había abandonado las riendas de su vida y las había colgado en el perchero de detrás de la puerta, bajo la ropa que usaba para ir a trabajar. Ya nada importaba lo suficiente; los chicos buscaban chicas y las chicas ya no buscaban poetas.

Son  muchas las personas que conocen de la historia de Calíope y Sístole, pero tan solo dos conocían como empezó todo realmente. Corrían tiempos de ensueño; Sístole aun se estaba haciendo a sí mismo y moría varias veces a la semana para liberarse de ese algo que le dolía tanto por dentro y llevaba arrastrando desde hacía demasiado tiempo. El dolor puntual libera endorfinas y las endorfinas producen felicidad. Pero dura tan poco la felicidad…

Por aquel entonces Sístole desconocía demasiado sobre el mundo, se dejaba llevar de un lado a otro probando las mieles de lo que el mundo le ofrecía. Lo único que conocía el muchacho era la pelea y el dolor. Le encantaba pelear y entrenaba cada día para hacerse más fuerte. Lo del dolor, es una historia a parte… Pero un buen día todo terminó. Como cuando el jarrón resbala de tus manos y cae al suelo, la vida de Sístole, cansada de tanto y de tan poco, se rompió para que así el muchacho pudiera reconstruirla. Dejó a un lado todo lo aprendido y todo lo vivido y tan solo buscó aquello placentero. Se convirtió en un chico práctico.

Aunque realmente el cambio llegó aquel día que pudo visitar el Olimpo. Allí todo era ideal, todo ocurría como sus habitantes querían. Los dioses vivían casi ajenos al mundo humano y procuraban su vida a la poesía, la pintura, la música y la escultura. Quedó tan maravillado el muchacho que decidió hacer algo.

Comenzó su aventura por un mundo de letras y de líneas que se combinaban las unas con las otras formando lo que a él le parecían bonitos dibujos. Se dio cuenta de que todo aquello era lo suyo, si bien no, no era un gran artista pero por sus venas corría más tinta que sangre. Además, aquello le liberaba tanto o más que la pelea.

Y creó pequeñas cosas, como un dios al que le acaban de regalar los poderes y prueba qué es capaz de hacer. Nada importante.

Un soleado día de mayo, mientras Sístole paseaba por el mundo, ajeno a la vida, sorteando las miles de piedras que había por el camino y peleando contra su yo interior, se la encontró. Fue un encuentro fugaz, tan rápido como un parpadeo, pero suficiente. Allí, entre el gris del mundo encontró el azul de la tranquilidad.

Ese mismo día empezó a inventar su propia realidad, su propio mundo. Pidió permiso a los dioses, que vieron en él la vanidad del artista que se cree el mejor y el toque de desesperación del kamikaze que está a punto de estrellarse contra su objetivo. Agradecido preguntó también qué era aquello tan azul que había visto antes, aquello que había estremecido su interior y a la vez había llenado su corazón de ganas de bombear tinta constantemente. Fue aquel el día que Sístole supo de las musas.

Las musas eran como pequeñas diosas, preciosas todas, pero de poderes reducidos. Vivían entre los hombres y eran capaces de infundir fuerza suficiente para crear las cosas más bellas; eran las portadoras de la inspiración.

Sístole, recientemente autoproclamado poeta austero y artista de estar por casa, supo enseguida que debía conocer a aquella musa. A la mañana siguiente, no sé si un día soleado o medio nublado, entre sonetos y tachones y con las manos y la cara manchadas de tinta, el muchacho fue a conocerla. Ver para creer. De entre todas aquellas existencias ignorantes que tan solo buscaban satisfacer su apetito sexual, Sístole fue un elegido. Calíope, que ahora no recuerdo si así es como el muchacho la llamó o como la musa se llamaba realmente, eligió a Sístole de entre todos. Erguió al artista ante el músculo.

Desde entonces Sístole se sentía invencible. Calíope mitigaba su dolor hasta el punto de hacerlo inexistente. Calíope le llenaba de fuerzas y hacía que escribir fuera mucho más sencillo. Calíope parecía la única que podía entender a Sístole.

Me permito el lujo de ser el primero en publicar en este 2009. Espero que este año nos sea más prolifico que el pasado, hermano.  Un abrazo para ti y para los que se dejan caer de vez en cuando por estos lugares.

13
Dic
08

Fábula de la Liebre y la Tortuga

tortuga_y_liebre_ori
Un buen día, la confiada liebre retó a la pesada tortuga a una prueba de velocidad. La tortuga aceptó y la liebre tuvo su competición.
La liebre era tan veloz que, de sobrada que iba, se paraba de cuando en cuando a descansar por el camino, y en su último descanso antes de llegar al final, se quedó dormida. Al despertar, vio cómo la lenta tortuga cruzaba victoriosa la meta. Apesadumbrada exclamó: “He perdido”. Lo que no entendía la liebre era la tirsteza de la tortuga, pues ella había ganado.

Moraleja:
Corras lo que corras… estás más solo que la luna, leré leré

02
Dic
08

Fábula de la falda

Cuando era pequeña, te estoy hablando de cuando tenía siete u ocho años, tenía yo una falda preciosa, bonita bonita, y un día salí a la calle con ella. Tan fascinada estaba por mi falda que me senté en el suelo con la falda bien extendida para admirar lo linda que era. Cuando ya llevaba un buen rato sentada, tocándola para asegurarme de que no solo era bonita sino que además era suave y agradable, empezó a picarme el culo. Me levanté de un salto, porque el picor era exagerado, y entonces me di cuenta de que me había sentado en un hormiguero.

Moraleja:
Las faldas bonitas conducen a la desgracia.

11
Nov
08

Otra de las aburridas historias de Sístole

¿Vuelves a estar por aquí?, Cuéntame, ¿qué ha sido esta vez?

Sístole entornó sus ojos hacia el gato con la mirada vacía. Era todo lo que sabía decir en aquellos instantes. No se encontraba agotado, tampoco derrotado moralmente, pero dentro tenía un malestar que  no le dejaba pegar ojo por la noche ni pensar con lucidez durante el día. Tal vez, para cualquier otro, eso no hubiese supuesto ningún problema. Para Sístole era un mundo.

Por suerte su gato lo conocía demasiado bien. Por algo era su maestro en la vida. Se acarició  sus largos bigotes y rellenó su larga pipa de fumar. El muchacho, por su parte, sacó el tabaco y también empezó a fumar. Ambos estaban en silencio, apenas se miraban el uno al otro, pero se lo estaban contando todo.

Las mujeres traían por el camino de la amargura a Sístole. Y es que este mundo tan voraz, tan lleno de cambios y tan moderno, parecía no tener lugar para un tipo tan pasado de moda como Sístole. Los poetas ya no interesan. Están bien, hacen gracia al principio pero poco más. Las mujeres ya no buscan poesía ni palabras bonitas, digan lo que digan. Náyade estaba tardando ya en perder el interés por Sístole. Eso él lo sabía, era cuestión de tiempo que la ninfa se aburriera de su poca elocuencia.

Y ahora el poeta se había vuelto a quedar sin musa. ¿Te suena la historia?

El gato y el joven, el maestro y el alumno siguieron fumando a la sombra de un gran árbol. Atardecía ya aquel día de noviembre y empezaba a refrescar. Sístole sacó su libreta. Siempre iba con ella, eran inseparables. La abrió para leer todos los cuentos, los dibujos y las poesías que había escrito a Kálare, Calíope, Azalea y Náyade.  Volvía a ser un poeta despechado de su musa, un cualquiera.

Inhaló hondo la última calada y exhaló lentamente el humo. Había llegado a la última página escrita. ¿Había llegado al momento de pasar de hoja?

Sístole se levantó y con un gesto se despidió del gato. Sacó un carboncillo de su bolsa y en el mismo aire dibujó una puerta. En segundos se materializó, la abrió y se fue a casa.

Supongo que esas son las ventajas de vivir en un mundo que tú mismo has inventado…

21
Oct
08

Volar

De repente empiezas a correr. El cuerpo te lo pide, no sabes por qué, pero tampoco te lo planteas. Corres. Seguramente la gente mira, pero cuando empiezas ya no hay gente, ya no hay miradas, ni reglas, solo obstáculos. Los más simples y monstruosos, todos eso que estas acostumbrado a ver e ignoras porque tienes cosas mejores que atender. Tu problema ya no es abstracto,  es físico, redúcelo a lo que es y véncelo. Sigue corriendo y salta, sigue corriendo, tienes que coger más velocidad. Si no le pones empeño acabarás besando el suelo, pero eso no te va a echar atrás ¿no? Cae un millón de veces y levántate cada vez más fuerte. Sigue corriendo. Más grande, dale toda tu rabia. Ahora pesas mas, el aire duele en tus pulmones, pero cada nuevo inconveniente te da más fuerza. ¿Empiezas a estar cansado? Lo bueno está por llegar, así que enfoca el objetivo, libérate del peso que te ata al suelo. ¿Te das cuenta? Te lo estabas haciendo difícil, y ahora es todo perfectamente obvio, simple aunque no sencillo… liberador. Seguro que te gustaría poder solucionarlo todo así. Hazlo. Pero ya reflexionarás, ahora tienes muchos metros que saltar, muchos golpes que esquivar, así que sigue corriendo, y salta, golpea, esquiva. Construye con el movimiento palabras que no se saben decir. Ahora la mente y el cuerpo se estrechan la mano; han hecho las paces, así que fluye tranquilo, coge más carrera, salta con toda violencia, grita antes de caer al vacío, extiende las alas.

Y vuela.